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Lunes 25 Mayo, 2020  Edición Nº1666

El valor de las palabras y un nuevo contrato social

Por Macarena Alonso

“Con este discurso vengo a darle a mi palabra, el valor del compromiso”, Alberto Fernández, 3 de marzo de 2020.

En tiempos donde las palabras han sido vaciadas de su contenido, donde la derecha se ha apropiado de algunos conceptos tales como “república” o “libertad”; el presidente Alberto Fernández, en su discurso de apertura de sesiones ordinarias, comienza hablando de recuperar el valor de la palabra, y no es un hecho menor. Hace tiempo que advertimos en lo imperioso de ganar la batalla del lenguaje, en quebrar ese sentido común viciado por los prejuicios y la desinformación.

Es solo un discurso, podemos pensar. Las palabras no sirven sino van acompañadas de hechos en concreto, pero cuanto de importante es tomar a esta completísima exposición como un nuevo contrato social, como un pacto en el cual un gobernante se compromete a gobernar conforme al bien común. De eso se trata, de sacar al país adelante, pero no desde la inocencia de creer que por arte de magia todos vamos a “tirar para el mismo lado”, y bien se posiciona el presidente: “Esta es la hora de definir de que lado va a estar cada uno. Nosotros estamos del lado del pueblo.”

Asimismo, se remarca la necesidad de atender a lo prioritario, a lo más urgente, a los más perjudicados por estos últimos cuatro años de neoliberalismo feroz. Por ello es fundamental el concepto de solidaridad: “Frente a esta situación dramática de destrucción, hemos elegido a la solidaridad como viga maestra de reconstrucción social”.

Este nuevo contrato social requiere en principio, conocer el lugar en dónde estamos parados, por eso remarca la situación real en que encuentra el país: el desempleo, la inflación, el desmantelamiento de la industria y el brutal endeudamiento. Por eso les impone mayor responsabilidad a los formadores de precios y a los productores de alimentos. Señala bien que la solución no puede seguir siendo el ajuste, sino todo lo contrario: el restablecimiento de la industria, la producción y el trabajo.

Alberto Fernández es claro en ello: “Algunos nos critican y nos piden más ajuste. No perdemos de vista que no hay peor alternativa que la austeridad fiscal en las recesiones. Más ajuste lleva a más recesión, a menos oportunidades, más pobreza, más desigualdad, más exclusión. No vamos a pagar la deuda a costa del hambre y la destrucción de sueños de los argentinos y las argentinas. Nosotros vamos a cuidar a nuestra patria.”

Ciertamente, el camino es el contrario al que propone la teoría del derrame, donde nos prometen una prosperidad que nunca llega, donde el sacrificio siempre lo tienen que hacer los mismos.

Y en este contrato social se necesita cambiar ciertas estructuras, recuperar las instituciones. La reforma judicial se presenta así como una necesidad inminente, después de cuatro años donde el parte del poder judicial, especialmente el fuero federal, se ha puesto al servicio del lawfare y a la persecución de opositores políticos y funcionarios o dirigentes kirchneristas.

Se compromete asimismo, con los familiares de los 44 tripulantes del Ara San Juan, con el movimiento feminista en tanto él mismo presentará un proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, e introduce un plan maternal de1000 días a los fines de que el Estado garantice la protección especial a las mujeres durante su embarazo y hasta los dos años de edad del niño.

Como todo contrato se entiendo como una ley para las partes, se deja en claro la necesidad primaria de reconstruir el tejido social arruinado por el neoliberalismo. Avanzar entre todos, pero claramente pidiendo sacrificios a los que más tienen y no a los trabajadores. Propone investigar la deuda y generar mecanismos para que esos ciclos de endeudamiento constante no vuelvan a repetirse.

Es un discurso, pero es más que eso: una carta de compromiso, un pacto social para poner de pie nuestra Argentina, y con el tiempo servirá de testimonio para corroborar a las palabras con los hechos. Es un discurso que nos propone un camino, pero que nos erige como parte de un contrato social y no como meros espectadores.