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Miércoles 19 Febrero, 2020  Edición Nº1570

Bolivia: el reacomodo neocolonial de la Cancillería golpista

Longaric ha recibido el encargo de destruir trece años de proyección internacional y la tarea de manufacturar una política exterior de claro signo neocolonial.

El golpe de Estado fue la mejor oportunidad para promover la ruptura de las relaciones bilaterales de Bolivia con Cuba y Venezuela y convertir la Cancillería boliviana en un apéndice funcional del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Más allá de la querella conceptual acerca de la institucionalidad que se pretende aplicar, queda claro que son las decisiones políticas las que señalan el rumbo de la política exterior. Dime lo que decides (autónomamente o no) frente al mundo y te diré quién eres, reza el adagio popular.

Provengan o no las decisiones de la esquina de la Plaza Murillo o de la Avenida Arce, lo cierto es que el imperativo es la destrucción por ultraje de la política exterior del gobierno derrotado. El nuevo gobierno necesita sustituir los aparentes mitos de la política exterior del «Vivir Bien», como el resto de políticas gubernamentales, para justificar una «transición gobernable».

La legitimación del «buen gobierno» pasa entonces por la construcción de un nuevo relato político sobre los escombros del pasado inmediato, ya sea como venganza o como explicación de su inviabilidad.

Se trata, pues, de lapidar el posicionamiento del Estado Plurinacional en el concierto de las naciones, borrar los grandes logros sociales y económicos, satanizar el liderazgo de Evo Morales y mostrar el potencial del proceso de cambio como una caricatura del socialismo del siglo XXI. En suma, la meta es demostrar que las relaciones exteriores de trece años fueron un solemne fracaso y que lo que conviene ahora es reparar el daño, especialmente en la relación bilateral con los Estados Unidos.

No es para menos: los actuales funcionarios sienten que la retórica antiimperial de Evo Morales y su gobierno constituye poco menos que una afrenta al «hermano mayor» que debe ser desagraviada. Sin embargo, la mayoría de ellos prefiere olvidar que Bolivia logró universalizarse por el liderazgo indígena y el conjunto de políticas sociales y económicas que sacaron de la ruina a más de la mitad de la población.

La reconstrucción de la política exterior del nuevo régimen de facto no depende ni de la burocracia posmoderna ni de la nueva canciller, peor aún de la posibilidad de autodeterminación estatal, que es una quimera, como de la benevolencia de la potencia hegemónica. La debilidad gubernamental es tan volátil que su permanencia dependerá de lo que diga o haga Washington y sus aliados en su favor. Teniendo en cuenta que su proyección internacional depende del prisma norteamericano, la prioridad de la Administración de facto es priorizar la «normalización» de la relación. Este ejercicio de vuelta al pasado significa llevar a cabo una suerte de «extirpación idolátrica» para apaciguar la ira imperial.

Más de una década con los indios en el poder, fanáticos nacionalizadores y ejerciendo una retórica antiimperial que terminó expulsando su estructura de poder del país, resulta no solo incómodo sino humillante para Washington. La normalización colonial de la política exterior significa entonces extirpar los símbolos profanos o idolátricos, comenzando por el lenguaje antiimperial, las instituciones y los aliados.

En esta perspectiva, el objetivo mayor de la nueva política exterior del régimen transitorio es, además de devolverle a los Estados Unidos el lugar casi «natural» que le correspondía en su relación con Bolivia antes de 2006 –supremacía colonial de por medio–, concederle nuevamente el derecho de decidir la política exterior criolla de alineamiento y enajenación. Dicho de manera breve: convertir la Cancillería boliviana en un apéndice funcional del Departamento de Estado sin costo alguno.

Acusar al gobierno derrotado de ejecutar una política exterior «ideologizada», que solo produjo aislamiento en el mundo moderno, o haber pasado del imperialismo norteamericano a depender de los imperialismos chino y ruso, forma parte de su coartada discursiva. En ese afán delirante de buscar chivos expiatorios para juzgar «el fracaso» de la política exterior del gobierno saliente, nada más cercano que mostrar el aparentemente costoso relacionamiento con los gobiernos de Cuba y Venezuela, a quienes se los acusa de injerencia política. Hasta el momento todavía no se ha dicho mucho sobre las relaciones con China, Rusia e Irán.

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