miércoles 11 de diciembre de 2019 - Edición Nº1516
ExtraData » DEBATES » 14 nov 2019

La bomba de Simón

Hace 110 años, el anarquista Simón Radowitzky atentaba contra el jefe de policía Ramón Falcón. Radowitzky, un joven anarquista emigrado de la Rusia zarista, sacudió el carro del coronel quien el 1 de mayo de 1909 había ordenado una cruenta represión contra los obreros en la Plaza Lorea, en un hecho que dejó varios muertos y decenas de heridos.


Con apenas 17 años, Radowitzky cometió un magnicidio que le valió una condena de más de 20 años en la cárcel de Ushuaia, donde soportó duras condiciones de detención, protagonizó una fuga y se convirtió en un emblema de la lucha libertaria.

Simón, de origen judío, había llegado a Argentina un año antes y se vinculó con los sindicatos anarquista y se sumó a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA).

El 1 de mayo de ese año, los sindicatos anarquistas y socialistas se movilizan por las calles de Buenos Aires, como lo hacían desde 1890, para rendir tributo a los Mártires de Chicago, un grupo de trabajadores condenados a muerte en un dudoso proceso judicial.

Ese día, las columnas se congregaron en Plaza Lorea, y Falcón dispuso una carga con caballería e infantería que dispersó a la multitud y provocó ocho muertos y más de 40 heridos tras horas de enfrentamientos en las calles.

El gobierno del presidente José Figueroa Alcorta encarcela a varios dirigentes anarquistas y se declara la huelga general, en sucesos que serán conocidos como los de "La Semana Roja".

Durante la protesta que se extendió hasta el 4 de mayo se exigió la renuncia de Falcón como responsable de las muertes, pero la división entre las organizaciones y la represión determinó que la protesta se diluyera.

En el sentir vindicador que predominaba en las filas anarquistas, el jefe de Policía debía pagar por la represión que había ejecutado y Radowitzky asumió para sí el mandato de ejecutar al coronel.

El 14 de noviembre de 1909, un carruaje que llevaba al jefe policial y a su secretario, Alberto Lartigau circulaba por la avenida Quintana, y el joven anarquista se lanzó sobre el vehículo para arrojar en su interior un artefacto explosivo casero.

La bomba detonó sobre el regazo de los ocupantes y les causó heridas que horas más tarde le generarían la muerte a ambos funcionarios.

Radowitzky intenta huir de los agentes policiales que le persiguen; en un momento se ve rodeado y se dispara en el pecho al grito de "viva la anarquía", sin embargo, apenas se provoca heridas que son curadas en el Hospital Fernández.

Es llevado a una comisaría y se niega a dar su nombre, lo que causa inquietud en el gobierno que especula que detrás del crimen de Falcón hay una gran conspiración, y declara el estado de sitio.

Los antecedentes del acusado fueron obtenidos por la embajada argentina en París, que pudo establecer que Simón había nacido en Ucrania, entonces una nación controlada por el Imperio Ruso.

Pero como no podía determinarse su edad, un tío suyo rabino se acercó a las autoridades con documentos que probaban que era menor de edad.

Esto le permitió eludir una condena a muerte, a días de enfrentar un pelotón de fusilamiento.

Radowittzky resultó sentenciado a cadena perpetua en el penal de Ushuaia. Allí soportó maltratos, torturas y aislamientos, hasta que en noviembre de 1918 logró huir y cruzar en un barco hacia Chile, donde tras cinco días, la policía lo recapturó.

A partir de entonces, la prensa obrera y anarquista inició una campaña en pos de su liberación, y su figura era exaltada como la "un mártir de la causa libertaria".

El 22 de abril de 1930, el presidente Hipólito Yrigoyen le conmutó la pena, le otorgó una amnistía a cambio de que abandonara el país con destino hacia Uruguay, para recalar más tarde en España, en pleno desarrollo de la guerra civil.

En 1936, Simón era toda una figura para del anarquismo, y aunque quiso combatir contra los fascistas, la Confederación Nacional del Trabajo se lo impidió, para preservarlo de los riesgos.

Tras la victoria de Francisco Franco cruzó a Francia y luego emigró a México, donde trabajó en una fábrica de juguetes hasta que murió en 1956.

Sería enterrado en tierras aztecas con el nombre de Raúl Gómez Saavedra, tal como lo acreditaba el pasaporte que le había expedido España.

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