lunes 19 de agosto de 2019 - Edición Nº1402
ExtraData » DEBATES » 3 jun 2019

"Llenar los pueblos de policías"

Al igual que en las villas de Capital Federal y el conurbano, las ciudades del interior de Buenos Aires se volvieron territorios hostiles para el piberío. La saturación de policías como respuesta a la demanda de seguridad es una de las causas de la masacre de San Miguel del Monte. Florencia Alcaraz cuenta la historia de los Hijos de Monte: la que se quiso ocultar pero el pueblo no permitió.


Por: * María Florencia Alcaraz Ilustración Santiago Devalle

Al silencio de las madrugadas de lunes de San Miguel de Los Colorados del Monte lo quiebran, cada tanto, los pibes del pueblo tirando corte desde sus motos o las canciones de cumbia santafesina que suenan y se bailan en “Sencillito y de alpargata”, la bailanta que se extiende hasta las 4 de la mañana en el Camping San Miguel, al borde de la laguna que da nombre al pueblo bonaerense.

Cuando llega la noche del domingo y los turistas que fueron a pasar el fin de semana se van con la panza llena de asado y vino, Monte empieza a latir con la monotonía que lo hará el resto de la semana. Los pibes locales salen a la plaza Alsina, calcada a la de cualquier otro pueblo del interior de la provincia, o dan una vuelta en auto a los 12 kilómetros que rodea a la laguna. La oferta social y cultural es estrecha: no hay cines, no hay grandes boliches, ni centros culturales. La llanura pampeana se despliega hacia el horizonte y sólo la atraviesa la Ruta Nacional 3 que parte en dos a una de las ciudades más antiguas de Buenos Aires, a poco más de cien kilómetros de la Capital Federal.

El silencio de la madrugada del 20 de mayo de 2019 se quebró con los pibes del pueblo tirando corte desde sus motos, las canciones del Toro Quevedo y los Cumbia Quino en el baile del camping y, también, por una balacera.

Esa noche Rodrigo Masias caminaba hasta el centro de Monte desde su casa. El joven DJ de 18 años iba con un amigo por la colectora 9 de julio, a la orilla de la Ruta 3, de espaldas a la laguna. Escuchó los disparos, que sonaron como zumbidos, cuando estaba por llegar al cruce con Nolasco. El instinto lo tiró al piso. Aturdido, se incorporó, se dio vuelta y vio un Fiat 147 blanco que se estrellaba contra un camión acoplado Mercedes Benz estacionado ahí. Partido en dos, la delantera del auto seguía funcionando, como en una película de Hollywood pero en versión bonaerense.

Los postes de luz de la ruta alumbraban lo poco que había para ver: una polvareda enorme lo inundó todo. Antes de entender algo de lo que pasaba, con impulso millenial, Rodrigo y su amigo le mandaron rec a las cámaras de sus celulares y registraron aquello que entraba por sus ojos. “¡Son tiros, son tiros”, gritó Rodrigo. La nube de tierra seca se retiró y la calle les devolvió los cuerpos de otros pibes jóvenes como ellos y una luz azul titilante: la de un patrullero de la Bonaerense que venía detrás y no habían visto hasta entonces.

—Se escucharon tiros, pero está la policía—Rodrigo quiso tranquilizar a una mujer que vive frente al lugar y se había acercado a saber qué pasaba. Esa calma que el pibe intentaba sostener por la presencia de la autoridad policial se desinfló como un globo sin nudo cuando se dio cuenta que los únicos armados ahí eran los propios policías divididos en tres patrulleros. No lo sabía pero el joven se iba a convertir en uno de los testigos fundamentales de una persecución policial criminal y su celular iba a aportar un registro clave que completa lo que grabaron las cámaras de seguridad del Municipio de Monte y la Bonaerense quiso ocultar: una masacre.

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