jueves 25 de abril de 2019 - Edición Nº1286
ExtraData » DEBATES » 28 mar 2019

Rebelde con causa (y prontuario)

El escándalo de espionaje y extorsión suma postales insólitas: un fiscal que se niega a ser indagado, espías al descubierto y golpes de campaña. Antecedentes y porvenir de un caso que define a la era macrista.


Por: Ricardo Ragendorfer // revistazoom.com.ar

Al comenzar la tarde del martes, un hombre de encarnadura ancha, camisa a cuadros y gafas negras esquivaba en la esquina de Figueroa Alcorta y Castex a un movilero de la señal C5N, espantando el micrófono con las manos como si fuera una mosca. Era el fiscal federal Carlos Stornelli, justo cuando debía estar en la ciudad de Dolores por su indagatoria ante el juez federal Alejo Ramos Padilla. Pero ese día también había faltado a su despacho en el quinto piso de Comodoro Py. ¿Acaso no dilapidaba su tiempo?

Porque –según consigna una nota publicada el 24 de marzo en el diario La Nación– el fiscal “trabaja de manera acelerada para formular lo más pronto posible el pedido de elevación a juicio de la causa de los cuadernos”; tal apuro lograría así evitar que esa epopeya se malogre por una nimiedad: ser parte de una red paraestatal de espionaje y extorsión. En dicha encrucijada patriótica, su decisión fue eludir la acción de la Justicia. “Mejor rebelde que procesado”, supo susurrar el defensor, Roberto Ribas, a la oreja de un cronista amigo.

Lo cierto es que la desobediencia de Stornelli trae involuntariamente al recuerdo la figura ya borrosa del mayor Ernesto “Nabo” Barreiro, un jerarca del campo de concentración La Perla, de Córdoba, durante la última dictadura, quien en 1987 se negó a comparecer ante la Cámara Federal de esa provincia, desatándose así el levantamiento carapintada de Semana Santa.

Desde luego que aquella semejanza es sólo simbólica, puesto que entre sus pares Stornelli es ahora la peste en estado puro. Un muerto que camina. Ni el fiscal general Germán Moldes (el Aldo Rico del Ministerio Público), atinó a salir en su defensa.

Dicen que en medio de su desazón, fue música para sus oídos la llamada de la diputada Graciela Ocaña. Esa mujer (una incondicional suya desde que él la benefició al maniobrar el apartamiento del juez Sebastián Casanello de la causa por los aportantes truchos) le había prometido ponerse al frente de una carta de respaldo firmada por todo el bloque de la alianza Cambiemos. Pero tal iniciativa derivó en otro indicador de su patética soledad: de los 108 diputados oficialistas, 79 se negaron a suscribirla. Y uno de ellos, Alejandro Echegaray, se enteró en una entrevista radial que figuraba como firmante, a pesar de que nunca había estampado su rúbrica.

Todas las cartas de Stornelli ya están a la vista. Ya nada queda de aquel sujeto displicente que, abriéndose el camino como una ballena en el océano, hablaba de una “operación berreta” en su contra.

Tal vez, mientras huía con pasitos cortos y presurosos del micrófono de C5N, se preguntara cuál habría sido la primera señal de inevitable desplome al basurero de la Historia.

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