viernes 19 de abril de 2019 - Edición Nº1280
ExtraData » DEBATES » 31 ene 2019

Un día en el infierno

Violencia térmica

La sensación térmica superó los 45 grados, miles y miles de personas quedaron sin luz y Buenos Aires enfureció.


Por: Julia Narcy // Ilustración María Elizagaray Estrada

Mientras espera la lluvia, Julia Narcy transita una ciudad distópica, asediada por el calor y el mal humor: la SUBE no alcanza, el subte va lleno como en marzo, en las oficinas públicas funciona un solo aire acondicionado y las góndolas austeras del chino recuerdan a la híper alfonsinista. Aguafuerte del infierno porteño.

Chen, mi médico acupunturista, dice que calol é bueno, calol bueno pala cilculación, pelo tanto calol no; usté, quieta, usté mucha agua, tles -y hace el gesto con el mayor, el anular y el meñique escondiendo los otros dos dedos- litlo de agua. Quieta, nada de ginasia, ni fuelza, si puede, acostada.

- No puedo, chabón, no puedo. Trabajo fuera de casa, no es un trabajo que me haga feliz, qué querés que haga, pero sí, tengo que andar por la calle fogosa, no puedo quedarme todo el día enchufada a tus agujitas en tu camilla escuchando tus himnos chinos – pienso pero no le digo nada, asiento y sonrío, es difícil la conversación con él, no estoy preparada para un desacuerdo. No me ofrece ni un vaso de agua, bueno, listo, me dice después de que me saca las agujas, entonces me paro y me voy.

Atravieso el palier de su edificio que siempre parece estar en obra, oscuro y lleno de escombros es un oasis de moderada frescura. Salgo a la bola espesa de aire que hace días nos tiene estupefactos. Es entrar en otro registro, como de ciencia ficción.

Deseo caminar rápido para hacer más breve el viaje a la oficina, pero mis pasos son lentos y torpes. El paisaje humano es desolador. Los hombres tienen la remera adherida a las espaldas. Todos. Los gordos y los flacos, esta vez se confunden por una mancha oscura alrededor de su columna vertebral, subrayando sólo esa zona que los iguala más allá de sus diversas figuras. Algunos se secan con pañuelos, otros se entregan al brillo grasoso de la transpiración con indiferencia y desdén.

Las mujeres y sus rodetes se replican por miles en la calle, los pelos de la nuca empapados pegados a la piel, y un gesto de malestar apenas disimulado por el ir y venir de abanicos improvisados. Papeles, cuentas de servicios públicos, volantes callejeros, se mueven de un lado a otro del eje de los rostros, y sin embargo no hacen más que circular aire denso.

Es agresivo el calor extremo. Me genera agresividad. Violencia. Impaciencia. Miro la aplicación de clima de mi teléfono para ver si hay novedades de la lluvia, si se ha actualizado la información, pero dice que hay un 40 por ciento de probabilidades, que es lo mismo que decir no sé: quizás si, quizás no. No ayuda. Esa incertidumbre se ha vuelto una constante los últimos días.

Espero el colectivo lo más quieta que puedo: si me muevo transpiro. Transpiro igual, ansiosa y con cara de asco: el tacho de basura que tengo a dos metros expide un olor insoportable, ácido e insistente, una combinación de comida y excrementos putrefacta, que parece ser un experimento para desagradar a los peatones. Cuando logro un resguardo a la sombra y lejos del tacho, recuerdo que no tengo más carga en la SUBE, que la exprimí hasta el límite del crédito en rojo. No hay un quiosco a la vista pero estoy cerca de la estación de tren y subte de Carranza.

-Ahhh, no lo puedo creer, le digo al señor que está en la parada con la maquinita de la SUBE haciéndole la tarea sencilla al chofer para que no se le arme la cola en el pasillo del bondi. Subo 34 escalones (los conté) al rayo del sol, para ponerle 100 pesos y sólo ver reflejada una carga de 54, con la que haré tan sólo tres viajes y un piquito. Me resisto a cargar 300, odio el tarifazo. Vuelvo a la parada con esa frustración a cuestas, despegándome lo más que puedo de mi mochila.

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