domingo 09 de diciembre de 2018 - Edición Nº1149
ExtraData » DEBATES » 7 dic 2018

Marchar con la ciudad blindada

Se va el G20, quedan las balas

La marcha contra el G20 fue custodiada por el operativo de seguridad más grande de la historia de la democracia.


Por: María Florencia Alcaraz // revistaanfibia.com

Pese a los pronósticos -y antecedentes como la represión en Hamburgo y a manifestaciones locales- no terminó en infierno. ¿Dejaron avanzar en paz o no quedó otra? ¿Para qué necesita la policía ese volumen de armamento bélico? La marcha estuvo desprovista del carnaval de la resistencia, tono de las manifestaciones made in Argentina. Faltaron actores claves de la oposición pero fue masiva.

Un policía se pasea por la Avenida 9 de Julio con el pecho inflado: lleva un chaleco de transporte táctico repleto de cartuchos antitumulto a la vista de todas y todos. Los muestra con la misma soltura de quien lleva una lapicera o un pañuelo que sobresale del bolsillo de su saco. Los cartuchos son verdes y están cargados con algunos de las 15 millones de municiones de goma anti-disturbio que compró el Ministerio de Seguridad de la Nación con la excusa de la llegada del G20.

Son las nueve de la mañana del viernes 30 de noviembre y la marcha que va a repudiar el encuentro está convocada para dentro de seis horas en la esquina de la 9 de Julio y San Juan. Esta tarde, al menos, no disparará los cartuchos que ostenta. La marcha terminará con algunos detenidos pero sin la represión estatal a la protesta social que se repite con cierto automatismo en los últimos años.

“Yo me compré la mascarita”, dice Lola, activista feminista, junto a las carpas montadas frente al Congreso para la denominada Cumbre de los Pueblos un día antes de la movilización del 30N. Ella hace referencia a las máscaras antigases que se usan para repeler los tóxicos que largan las fuerzas de seguridad cuando intentan dispersar una manifestación. No fue necesario que Lola se la calce. Hubo dos mil proyectiles de gases lacrimógenos a estrenar que no fueron disparados. Al menos ocho camiones hidrantes salieron a pasear por las calles del centro porteño.

“Los grupos de choque van a ir atrás de la marcha”, se escuchaba decir en las reuniones de cuidados que tuvieron las organizaciones en la previa. Tampoco pasó. Algunos manifestantes apenas quemaron algún que otro muñeco de Donald Trump y carteles con imágenes de la bandera de Estados Unidos. La protesta terminó sin represión ni ardió en el infierno que mostraron las acciones contra el G20 el año pasado en Hamburgo.

Sin embargo, el operativo de seguridad más grande de la historia de la democracia argentina deja un mensaje tácito: los mandatarios se van, pero las balas y el armamento quedan.

Dos millones de cartuchos de bala 9 milímetros versus 10 mil personas movilizadas. Casi una valla de contención por participante de la marcha contra el G20. 4900 precintos plásticos de seguridad que no fueron usados con la decena de detenidos. 9100 chalecos policiales repartidos entre los 22 mil efectivos de las fuerzas de seguridad para una demostración de despliegue de seguridad casi perfomática. El saldo de la movilización que se extendió en caravana a lo largo y ancho de una decena de cuadras en una ciudad totalmente sitiada es el material bélico comprado por el Ministerio de Seguridad que quedará aquí cuando termine el G20.

“Fue la excusa perfecta para militarizar el país”, dice la politóloga alemana Bettina Müller, integrante de Red ATTAC en Argentina, parte del movimiento de resistencia global y una de las organizaciones que forman la Confluencia No Al G20. “Estamos preocupadas. Diciembre recién empieza”, advierte. Bettina, que tiene 30 años y hace cuatro que vive en el país, elaboró una posible hipótesis sobre la represión esperada que estuvo ausente. “Hoy nos dejaron marchar. No les convenía porque estaban todos los medios acá. En un mes ya nadie mira a la Argentina”, dice.

La protesta se hizo en la otra punta de la ciudad, lejos de la cumbre y con la asfixia que significaba un feriado decretado: la falta de transporte público como los subtes y los trenes que permitieran llegar al centro porteño.

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