domingo 09 de diciembre de 2018 - Edición Nº1149
ExtraData » DEBATES » 12 nov 2018

Pobreza cero, unir a los argentinos y vuelven los visitantes

Hace dos décadas, Macri quería que la Bombonera no recibiera visitantes: toda la cancha debía ser para los socios del club. Ahora, en plena neurosis colectiva ante el megasuperclásico, pidió por la famosa “vuelta de los visitantes”. ¿Quiénes quieren, de verdad, la vuelta de los visitantes? ¿Cómo se desplazó la violencia desde que las canchas tienen solo hinchas locales? ¿Porqué y para qué se “plateizaron” y militarizaron los estadios? ¿Y cuándo fue que ir a la cancha se convirtió en una experiencia riesgosa para el hincha y sospechosa para el Estado?


Por: * Alejandro Wall // Ilustración Julieta De Marziani // revistaanfibia.com

Un amigo acaba de rechazar una oferta de mil dólares a cambio de su platea en la Bombonera. Cuarenta lucas, le decimos, casi desesperados por robarle el carnet de socio activo de Boca, un bien suntuoso para los hinchas de un club que tuvo que inventar la categoría adherente, una especie de lista de espera para ir a la cancha. Boca tiene más adherentes que socios, unas 86 mil personas -contra las 52 mil privilegiadas- que pagan la mitad de la cuota de un activo, el paraíso al que aspiran llegar algún día. Boca recauda con ellos treinta millones de pesos por mes. Si tienen suerte, apretando F5 con pasión, pueden conseguir una entrada para algún partido. Esas cosas pueden pasar, por ejemplo, si un abonado como mi amigo cede su lugar, le deja al hueco a otro. Se llama abono solidario. 

—Ni en pedo, yo quiero ir a ver a Boca —dijo mi amigo cuando los que escuchamos sobre la oferta le repetimos que eran mil dólares, que quizá el Boca-River de la Copa Libertadores podía aprovecharlo como un pequeño negocio personal, cerrar el año empatándole a la inflación. Mi amigo es un periodista precarizado.

No, nada.

Ir a la cancha es pertenecer, mucho más si se trata de Boca y de River, clubes que fueron convirtiendo sus tribunas en espacios exclusivos. Si en algún momento fue sinónimo de rito popular, de un tránsito inmodificable que comenzaba en los barrios, estar en el estadio fue mimetizándose con una situación de privilegio.

El que se quedaba en la casa era un amargo, no como nosotros que vamos a todos lados, no como nosotros que no nos importa si ganamos o perdemos. Una mezcla de programación horaria -que en las categorías de ascenso se hizo insoportable-, de aumento de precios, de prohibiciones, de barras, de carrera de obstáculos para sacar una entrada. Ir a la cancha es hoy una experiencia corporal que implica otros compromisos, otros riesgos, y no siempre físicos. Es la plateización total de la tribuna. A la inglesa, pero sin la comodidad de los estadios. Sin el fútbol. Y también sin jeques y magnates.

Que no haya visitantes también contribuyó a que la “experiencia cancha” se convirtiera en privilegio. Es cierto: desde que no van los visitantes a la cancha, los locales vamos con más tranquilidad, miramos menos a los costados, no tenemos que esperar a nadie a la salida. Hasta ocupamos sus espacios. Mi nuevo lugar en la cancha de Racing es la ex visitante.

Por necesidad, pero también por elitismo, Mauricio Macri fue el dirigente de fútbol que comenzó a achicar los espacios rivales en las canchas. Antes de Macri era posible para algunos equipos llenar las dos bandejas que dan al Riachuelo en la Bombonera. Con Carlos Bianchi en el comando exterior y Juan Román Riquelme en la cancha, la masa societaria de Boca pedía otra cosa. Pero incluso antes de meter esos hits, Macri avisó que no le importaba nada de lo que sucediera afuera de Boca. Cuando todavía no había modificado la modulación que arrastraba del Cardenal Newman, a los pocos meses de ser presidente de Boca se quejó en Fútbol de Primera de los fallos de Javier Castrilli y su asistente Alberto Barrientos.

“El fútbol argentino gira alrededor de lo que Boca genera –le dijo indignado a Marcelo Araujo y Enrique Macaya Márquez-. O nos damos cuenta o no va a haber plata para prender la luz, ni plata para pagar a los referís, ni plata para nada, porque el que viene a la cancha es Boca y Boca se va a cansar. Lo que yo tendría que proponerle a la gente de Boca, gracias al lineman Barrientos, o como se llame, que quiere hacerse famoso a costa de Boca, es que no vaya más de visitante. Hagamos una campaña todos los hinchas de Boca que no vamos más a una cancha de visitante. Y vamos a ver qué pasa. Se muere el fútbol argentino”. Macaya intentó decir algo, una interrupción, una aclaración, pero Macri estaba cebado, había encontrado el tono, estaba cómodo. “Nosotros llenamos nuestra cancha –dijo- y los demás que se mueran”. Si le sacás que es Boca, esto fue macrismo de anticipación.

Nota completa acá

 

A los 16 años, Alejandro Wall subió a un remís que manejaba Horacio Paz y ese viaje, de Caseros a uno vaya saber dónde, le cambió la vida o, al menos, la terminó de dirigir adonde apuntaba. Hablando, los remiseros suelen hablar si uno les da charla (en ciertos casos incluso si uno se queda callado o lee o sin más mira por la ventana), Paz le comentó que tenía un programa de radio los sábados a la tarde. 

 

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