martes 20 de noviembre de 2018 - Edición Nº1130
ExtraData » DEBATES » 31 oct 2018

Entre puros y corruptos

"La unidad no se consuma ni garantiza con una candidatura presidencial: es preciso que se despliegue en los distintos espacios geográficos y políticos", afirma el autor. El rol de las organizaciones sociales, los gremios y las nuevas fuerzas políticas en la reconstrucción de una alternativa popular.


Por: * Teodoro Boot // revistazoom.com.ar

“Cristina tiene que volver sin los corruptos”, dice Juan Grabois en Mar del Plata. ¿Quién puede dudarlo? Ni los corruptos –o especialmente ellos– van a desmentir semejante declaración de buenas intenciones. Pero como es sabido, a medida que una fuerza, cualquier fuerza, se afirma en el poder, los corruptos brotan solos, como los hongos después de la lluvia.

La importancia del encuentro realizado el sábado 27 de octubre en Mar del Plata no radica en las declaraciones. La importancia del Frente Patria Grande conformado por varias organizaciones sociales y políticas no necesariamente kirchneristas ni peronistas –y hasta progresistas, para horror de algunas viudas tristes de Felipe II– no radica en las apelaciones morales ni las buenas intenciones sino en el intento de dar organicidad y perspectiva política a algunos de los sectores no representados ni expresados por las estructuras tradicionales.

La deuda sindical

El déficit, el olvido, el desinterés no fue sólo de las estructuras políticas, percudidas hasta el tuétano por décadas de posibilismo, “operadores”, claudicaciones y gerenciamiento. Los trabajadores de la “economía popular”, las organizaciones de trabajadores excluidos, los mil eufemismos con que se puede aludir a los trabajadores precarizados, privados de empleo (no es un “detalle” sin importancia: supone carecer de haberes regulares, vacaciones pagas, licencias por enfermedad, aguinaldo, aportes previsionales y obra social, entre otros “privilegios” de que gozan los trabajadores formalizados), literalmente expulsados de la sociedad y condenados a trabajos cada vez peor pagos, forzados a la marginación y la “pobreza estructural”, tuvieron su razón de ser en las carencias conceptuales, organizativas y políticas de la dirigencia obrera.

Desatenta a los profundos cambios económicos y sociales producidos por la dictadura primero y el menemismo más tarde, la abrumadora mayoría de las organizaciones sindicales siguieron actuando como si nada hubiera pasado, y centraron su accionar en la defensa de los trabajadores formales. Y durante los últimos años del gobierno de CFK, de entre los trabajadores formales, los de mayores ingresos.

Así, la ruptura social, la verdadera “grieta” que desgarra nuestro país, se trasladó al interior del movimiento obrero, cristalizó las diferencias y terminó dejando a los sindicatos en el bando de la gente “decente y principal”, de las personas de bien, en contraposición a la desde hace tres décadas creciente masa de gentes excluidas. En consecuencia, ya desde la aparición en los 90 de los primeros movimientos piqueteros, privados de empleo, de representación gremial y referencias políticas, los excluidos debieron crear sus propias organizaciones.

La autodefensa comunitaria

No vamos a historiar para mostrar lo que puede comprobarse a simple vista: la notable cantidad de empleos creados durante la década kirchnerista, la universalización de las prestaciones sociales y previsionales, el persistente aumento del salario real, las distintas estrategias implementadas para promover la distribución indirecta de ingresos, las medidas anticíclicas que buscaron preservar los avances en medio de la crisis internacional, no consiguieron suturar esa ruptura social que, en no pocos casos, incluso se profundizó.

Si se quiere criticar los doce años del último gobierno popular por su incapacidad para revertir ese al parecer inevitable proceso de creación de dos especies humanas habitando un mismo espacio geográfico y político, se puede. Y se debe. Pero si por esa falencia se los quiere descalificar, se erra. En especial cuando muchas veces resultan ser los propios excluidos o, mejor dicho, sus organizaciones, las que parecieran aceptar como inevitable esa ruptura social.

Para decirlo a lo bestia: el sentido último, el propósito de las formaciones que buscan organizar a los excluidos debería ser desaparecer, autodestruirse como mensaje de Misión imposible; la llamada economía popular no es otra cosa que el conjunto de estrategias con que las gentes buscan sobrevivir a una cada vez mayor concentración del poder económico y una más pronunciada desigualdad de ingresos. Ante la cual, dicho sea de paso, no corresponde la resignación: para acabar con la pobreza y la exclusión, es imprescindible acabar con la riqueza y el privilegio.

Nota completa acá

* Autor de las novelas "Pureza étnica", "La termocópula del doctor Félix", "Espérenme que ya vuelvo", "No me digas que no", "Sin árbol, sombra ni abrigo" y "Ahora puede contarse", entre otros títulos.

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