martes 20 de noviembre de 2018 - Edición Nº1130
ExtraData » DEBATES » 25 oct 2018

#20AñosIDAES

Desafiar las fronteras

Las relaciones de cooperación y solidaridad entre mujeres son formas profundamente políticas de resistir a la masculinización de las relaciones laborales. En las trayectorias de las migrantes los relatos e itinerarios se resisten y se acomodan a los lugares de lo femenino, los cuidados, los afectos y lo doméstico, y (re)construyen los límites sociales e identitarios. Natalia Gavazzo, Lucila Nejamkis y Menara Lube Guizardi cuentan las vidas de mujeres migrantes en Buenos Aires. Esta es una de las 20 notas para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.


Por: Por Natalia Gavazzo, Lucila Nejamkis, Menara Lube Guizardi

Los vecinos del barrio Luján –en Florencio Varela, en el extremo sur del conurbano bonaerense– le dijeron a Lucila que si quería saber cómo se había organizado la toma de tierras debía hablar con Cristina, que “se llama como la expresidenta”. Tiene 45 años y tres hijos adolescentes. Llegó a la Argentina en 1994 y desde 1995 vive en Florencio Varela. En Paraguay, cuando los niños eran pequeños, vendía frutas y verduras. Migrar fue una forma de salir de una relación de pareja violenta. El marido “era muy cerrado”, de “esos tipos antiguos que vos tenías que estar ahí con él, eras mujer de ahí, no tenías que salir, ni hablar, ni joder, nada. Era [de] esos tipos machistas”.

En su historia, como en la mayoría de las mujeres paraguayas que entrevistamos en el Gran Buenos Aires, se conjugan la violencia machista con experiencias de “criadazgo”. Caracterizado por la “donación de menores para trabajos no remunerados”, implica un encubrimiento de la esclavitud en el sentido moderno: subsume a los niños, niñas y adolescentes al trabajo infantil doméstico a cambio de techo, comida, ropas y, en algunos casos, educación.

Desde pequeñas estas mujeres vieron vulnerados sus derechos más básicos acostumbrándose en ocasiones a estas relaciones de servidumbre como modo de vida. Para Cristina, la migración también habilitó la lucha y el acceso a derechos para superar por lo menos algunos aspectos de esta trayectoria de violencias. En su país nunca había votado ni participado políticamente: “ni en mis sueños yo veía esto”.

En julio de 2012, como parte del movimiento social Tierra para todos y todas, comenzó la toma de tierras fiscales en el futuro barrio Luján. Participaron unas 638 familias que se multiplican por dos, por tres, por cuatro. Ya habían intentado realizar la toma dos veces pero la policía se los había impedido: “no nos habíamos organizado”. Tuvieron éxito cuando Cris convocó a que se juntaran en la capilla y empezaran la ocupación juntos para resistir colectivamente a la policía. Su liderazgo comunitario la expuso abiertamente a la violencia policial:

- Paraguaya de mierda – le dijo un comisario con un palo en la mano – Hija de puta, te voy a hacer mierda.

A Cris y a su hija las metieron presas y les prometieron “armar una causa para empapelar el país con su cara de ‘paraguaya delincuente’”. Con la presión de la gente del barrio y el apoyo de organizaciones sociales, Cris y su hija salieron al día siguiente. Ellas estaban fortalecidas y los terrenos, ocupados por los vecinos. Esta experiencia le dio el mote de “coordinadora” en Luján: “Las delegadas vienen todas a mí. Cualquier cosa que vamos a hacer, vienen a mí. Como si fuera yo encargada de todos”.

Las autoras de este texto tenemos mucho en común. Nuestra condición de mujeres e investigadoras de las migraciones nos une y nos atraviesa, conectándonos a experiencias similares en lo que concierne a nuestras vivencias de las jerarquías académicas, sociales y políticas. Al mismo tiempo, esta condición femenina constituye también nuestra vinculación con las mujeres migrantes cuyas vidas son el foco de nuestras indagaciones y fuente de inspiración y reflexión constante. La idea de escribir sobre estas mujeres migrantes en Buenos Aires, donde las tres vivimos actualmente, surgió cuando reflexionábamos sobre las fronteras que como mujeres estamos impelidas a cruzar. Nos preguntamos cuánto de nuestras ideas políticas, perspectivas teóricas, corporalidades y el modo tan propio de vincularnos y de cuidarnos tenía lugar en el mundo académico.

La “Guerrera” vivía en la ciudad chilena de Arica, en la frontera con Perú, cuando Menara la conoció en 2012. La antropóloga investigaba las violencias de género vividas por las migrantes y la mujer de 56 años vivía en un barrio de toma en las afueras de la ciudad. La Guerrera nació en Ayacucho, Perú y por muchos años solo habló quechua. Vivió en las montañas hasta los 5 cuando su vida cambió: el padre cayó preso, la madre se refugió en el alcohol y llevó a las hijas al pueblo más cercano.

Vivían en las calles y pedían comida en las esquinas hasta que la madre se “emparejó” nuevamente con un hombre violento: “Tuve tanto miedo, porque la golpeaba a mi mamá, nos golpeaba a nosotras y también me violó a mí. Y yo ya tenía fobia. Y mi hermana quedó tartamuda de tanto golpe. Nosotras como podíamos nos defendíamos. [Éramos] niñas chiquitas y él de un solo sopapo nos botaba lejos”.

Un año después quedaron a cargo de una señora que les daba casa y comida a cambio de que lavaran y limpiaran, como también le pasó a Cris. Trabajaron allí hasta que una hermana de su padre las buscó y llevó a trabajar en su propio hogar. Las azotaban cada vez que cometían un “error”. Cierta vez, Guerrera dejó caer la botella de aceite cuando fue hacer la compra del mercado: “el viejo no pensó dos veces, sacó su correa y con la misma hebilla me dio por donde me cayera. Hubiera sido tuerta ahora, pero gracias a Dios me cayó acá [en el brazo izquierdo]. Después de eso se asustó y me empezó a curar. Antes de ir al colegio me dijo: ‘cuando te pregunte la profesora no le digas que te he pegado. Tienes que decirle que te caíste y te golpeaste’”. En la pubertad, a la violencia física se le sumó el abuso sexual.

Cuando la tía se enteró las mandó a la casa de unos conocidos en Lima. Apenas consiguió un trabajo remunerado como doméstica, Guerrera se mudó a la casa de nuevos empleadores, en un barrio de clase media de la capital peruana. Ahí supo por una amiga de un movimiento social que ocupaba terrenos y construía casas para gente que, como ella, no tenía dónde vivir. Se unió al movimiento y dedicó su tiempo libre al trabajo comunitario.

Entre 1986 y 1988, las mujeres del movimiento crearon una cooperativa de costureras y habilitaron un galpón con máquinas industriales. Mientras cocía, luchaba y criaba a sus seis hijos, construyó su casa. Pero esta felicidad estaba teñida por la violencia: su marido le pegaba. Una vez la agredió hasta dejarla inconsciente.

F: revistaanfibia.com

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