martes 23 de octubre de 2018 - Edición Nº1102
ExtraData » DEBATES » 27 sep 2018

Inteligencia criminal

Vida y obra siniestra de Miguel Conde, el espía “intelectual” del Batallón 601 que operó en las mazmorras de la Esma. Ideas, acciones y obsesiones de un represor epistémico.


Por: Ricardo Ragendorfer // revistazoom.com.ar

Atendió el teléfono antes de concluir el primer timbrazo. Una celeridad nada anómala en alguien con arresto domiciliario. Su voz era jovial pero cavernosa, como si sonara desde un tiempo remoto. De entrada se negó a ser entrevistado dada la fragilidad penal de su presente. Ocurre que Miguel Conde es uno de los diez procesados en el cuarto juicio oral por los crímenes cometidos en la ESMA. Aún así, se mostró muy hablador.

“Me acusan de mil secuestros con tormentos y otros tantos homicidios”, exageró, con un dejo de indignación.

En realidad sólo está imputado como coautor en 550 casos de privación ilegal de la libertad y 575 casos de imposición de torturas (seguidas de muerte en nueve ocasiones). Además se lo responsabiliza por el robo de 37 bebés.

A diferencia de sus colegas de causa, él no es marino; tampoco integró el Servicio de Inteligencia Naval (SIN) ni el tenebroso GT (Grupo de Tareas) 3.3.2 de la ESMA, aunque circulaba con absoluta libertad por los pasillos de aquel inframundo. Lo cierto es que pertenecía al Batallón 601 del Ejército. Y sus visitas al feudo secreto de Massera eran “en comisión”.

Tal circunstancia fue fruto de la singularidad de este personaje. Porque no se trataba de un esbirro común. En sus manos, el ejercicio del terrorismo de Estado poseía una finalidad –diríase– “académica”. En otras palabras, aquel hombre era una suerte de “represor epistemológico”. Un motivo valedero para explorar los recovecos de su vida y obra.

El falangista


Alto, delgado y con una pronunciada calvicie. Así lucía él durante la segunda mitad de los setenta, cuando su presencia en las mazmorras de la Armada era cotidiana. En los interrogatorios, sus dedos solían juguetear con un llavero que exhibía el rostro de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange Española. También tenía otra extravagancia: su insistencia en definirse como un “antiborbón de paladar negro”. O sea, odiaba al rey Juan Carlos, el sucesor de Franco. El sello hispánico de sus obsesiones tenía una razón de ser: Conde había nacido el 24 de febrero de 1931 en Madrid.

Era el menor de los cuatro hijos concebidos por el comerciante español José Luis Conde y la argentina Catalina Capdevielle. Siendo niño, la familia se estableció en Buenos Aires. El papá regenteaba una distribuidora mayorista de productos domésticos en la calle Fraga al 400. El joven Miguel egresó del Nacional Buenos Aires con calificaciones sobresalientes. Y empezó a cursar la carrera de Administración de Empresas. Pero después –por cuestiones que se desconocen– abandonó definitivamente los estudios universitarios. A partir de entonces se puso a trabajar con su progenitor. Recién a fines de 1972 ingresó al Batallón 601.

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