jueves 20 de septiembre de 2018 - Edición Nº1069
ExtraData » DEBATES » 16 ago 2018

La biblia del aborto

Con maestría literaria, María Moreno explora "Entre el crimen y el derecho" de Lara Klein, un libro que se volvió tutorial de urgencia ante el debate que terminó en rechazo del Senado.


Por: *María Moreno // Ilustración ** Florencia Gutman

La legalización es el piso del que parte Laura Klein: un ejercicio para liberarse de pruebas hechas para una defensa culposa. Porque una decisión trágica no es una elección libre.

Si como quería Rodolfo Walsh el ideal no es sólo que un libro sea leído sino que actúe, Entre el crimen y el derecho, publicado originalmente como Fornicar y matar, es uno de ellos. Los dos verbos, a merced de la traviesa conjunción copulativa, instalaban entonces, en su primer edición, una intriga para incautos que, en su deliberada exageración, delataba que no podría ser el libro de una derecha, que entonces se valía de las argumentaciones de los derechos humanos y había decretado, a través de un Papa ya fallecido, la caducidad del infierno. Y, aunque no se trataba de un contrato, era preciso atender a las letras chicas.

Fornicar y matar, el problema del aborto, ahora rebautizado Entre el crimen y el derecho y con el mismo subtítulo, es un manual para todo pensamiento como el artículo Tretas del débil de Josefina Ludmer – es decir un arma de lectura que no mata salvo el facilismo de pronunciarse por un sí o por un no, que es la suspensión contingente de todo pensar–; y una intervención intelectual mayor cuya densidad crítica va más allá de su tema y no caduca aunque en estos días de irreversible avance hacia la ley de aborto legal, libre y gratuito, más allá de la transitorio y frailero triunfo de la bandera celeste, se haya vuelto un tutorial de urgencia.

La prepotencia de trabajo de Laura Klein fue prolongada. Escribir este libro le llevó más de diez años. Acostumbrada a sospechar de sí –Laura Klein es filósofa– pensó que no se trataba sólo de la dificultad inherente a la tarea emprendida sino de su neurosis. Hoy se podría decir, a la Macedonio Fernández, que es preciso retrasarse como Laura Klein para llegar a tiempo. No a una coyuntura donde el discurso de una diputada del Pro ha envuelto a sus adversarios en una blanda y sentimental empatía y el senador Miguel Ángel Pichetto ha posado con Entre el crimen y el derecho, merced a un shot activista, con el ademán de un promotor del canal Sprayette, claro que con la expresión de alguien que acaba de recibir una carta del Unabomber.

Entonces, en cualquier momento, Entre el crimen y el derecho, es, no más allá, pero sí no sólo por el tema que aborda, un instructivo de pensamiento radical.

El problema del aborto es el subtítulo, entonces leer el libro parecería implicar seguir los avatares del aborto como problema filosófico y no social. ¿Es que Laura Klein puede darse ese lujo? Más bien se trataría de una urgencia donde el pensar no se someta al vasallaje del racero jurídico partiendo, sin embargo, de que el aborto debe ser legalizado. Y al ser éste el punto de partida y no de llegada, el libro se libera de ser un inventario de pruebas hechas para una defensa culposa y realizada en espejo con la del adversario.

Si el problema es filosófico, este libro no renuncia a intervenir, sino que lo hace por añadidura, sólo que no al precio de encontrar solamente lo que buscaba o de asumir los silencios que exige la complicidad en una causa hasta este libro, por lo general, precipitadamente revisada en sus fundamentos.

Una decisión trágica no es una elección libre es uno de los axiomas de este Manual. Habrá que felicitar a Jean Paul Sartre, a quien hoy se acusa de retrasar, no por haberse adelantado a su tiempo sino por ver el futuro donde otros se cegaban. No en vano en su novela La edad de la razón el aborto es el paradigma de elección. No había estallado aún el feminismo de los sesenta y el narrador creado por Sartre, Matheo Delarue, se permitía llamar “mocoso” al que aún no tenía peso en el vientre de su amante. La edad de la razón se ríe del espejismo de la elección y se ensaña en la mala fe de Matheo Delarue, que él no ignora, cuando convive con un viejo amor fingiendo que no se trata de un matrimonio, descuenta que esa moderna no querrá ser madre (se equivoca) porque no es del uso de las parroquianas de Flore, y se sueña peligroso porque comete un robo aunque él sea un profesor burgués interrumpido por la salida de dos novelas por año.

En el final, si lo recuerdan, el aborto será desechado y un homosexual se hará cargo del casamiento y del futuro hijo. Será éste, Daniel, a quien ni la época ni su discurso permiten llamar “gay”, quien se plantará ante Matheo Delarue –que tiene bastante de lo que Laura Klein llama “autómata del bien”–, para, en este caso, elegir: “Tengo vergüenza de ser pederasta, porque yo soy pederasta.

Ya sé lo que me vas a decir: ‘Si yo estuviera en tu lugar, no me dejaría abatir; reclamaría mi sitio en el sol, es una afición como cualquier otra, etcétera, etcétera, etcétera’. Sólo que eso no me llega. Yo sé que tú me puedes decir todo eso, precisamente porque no eres pederasta.

Todos los invertidos tienen vergüenza, eso forma parte de su naturaleza.” No vamos a detenernos en si este grito de reivindicación debe llamarse homofobia internalizada o en buscar su genealogía en la parte maldita reclamada por Genet, sino en la resolución sartriana: un “pederasta” se hace padre y se casa por amistad con una mujer para reparar la indecisión de otro hombre. ¡Que me vengan con la familias queer!

La edad de la razón es, paradójicamente, no la de elegir, sino la de decidir sobre lo que nos ha elegido. Los autómatas de bien son aquellos cuyo narcisismo altruista impulsa a una decisión de la que no se calculan los efectos o que reflexionan en espejo invertido con sus adversarios.

* Durante la dictadura, María Moreno hacía periodismo en Siete Días y en Status. Suele contar que, en gran medida por una cuestión de censura, hacían una especie de laboratorio de escritura. Se podía escribir un barroco que permitía decir y no decir, o decir algo inadmisible sin que se notara, de una manera alambicada.

** Florencia Gutman tiene un blog con una historieta semanal en la que hay una chica, que escribe, con cuerpo de mujer y cabeza de perro. Publicó ilustraciones en el suplemento cultural ADN, en la revista Entrecasa y en La mujer de mi vida; y también diseñó tapas de libros.

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