sábado 23 de junio de 2018 - Edición Nº980
ExtraData » DEBATES » 7 jun 2018

Épica y mochila de plomo

Los días que fuimos felices

En tres décadas no hubo selección argentina que llegara más desacreditada a un Mundial. Toda la épica del “Brasil decime que se siente” mutó en pesadumbre para los hinchas y en una mochila de plomo para una generación de jugadores a la que se creía destinada al paraíso del fútbol. Y aunque hasta el DT produzca más irritación que simpatías, ¿quién no quisiera volver a ese estado de felicidad e infancia que es llegar a una final?


Por: Alejandro Wall // revistaanfibia.com

Ahora que no vamos a tener a Sergio Romero, que se nos cayó antes de empezar, deberíamos decir que fue el último jugador de fútbol que nos dio una felicidad mundialista. Rebobinemos esta película hasta ahí, hasta el 9 de julio de 2014, cuando Romero vuela hacia la derecha para frenar la pelota de Wesley Sneijder y completa la tarea más difícil en esos fusilamientos con tribuna, atajar su segundo penal en la serie contra Holanda, un movimiento que derritió el iceberg que durante veinticuatro años se interpuso entre la selección argentina y las finales del mundo.

No fue el momento exacto de la caída del muro de hielo, faltaban por hacer dos penales, pero el trabajo estaba listo. Hay que recordar lo que nos pasaba por nuestros cuerpos futboleros, ese estado de éxtasis en flotación que nos duró hasta que el alemán Mario Götze nos cortó el hilito que nos mantenía ahí arriba. Fueron cuatro días, demasiado poco, pero qué cuatro días.

Este juego está hecho de incógnita y esperanza. Porque todo es posible. Está hecho de las vísperas que generan cosquilleos. Son pequeños momentos, una brevedad que se autodestruye cuando después pasa lo que pasa, cuando se resuelve la incógnita y ya no hay esperanzas. Cuando perdés. Cuando faltan siete minutos para que se termine el partido -un partido de 120 minutos que además jugaste mejor que tu rival- y otra vez te están por llegar los penales pero no, lo que pasa es que perdés.

La felicidad de los cuatro días queda estaqueada en el medio del Maracaná. Es la cara desencajada de Messi –o su efecto visual- mirando la Copa y los leds gobernando sin piedad el estadio: “Winner: Alemania”.

Brasil 2014, los Maschefacts, las bromas de Lavezzi, los saludos del Sabella tuitero, el decime qué se siente, la canción de Pitbull de fondo, los viajes de apuro hacia Rio de Janeiro en auto, en micro o en avión, porque Messi la va a traer, toda la épica de esos días mutó en estos cuatro años -con las dos finales por Copa América perdidas en los penales contra Chile- hacia una pesadumbre; una montaña de plomo para una generación de jugadores a la que se creía destinada al paraíso del fútbol.

A Higuaín se lo hizo meme, a Mascherano se le desea la jubilación, a Biglia se le busca reemplazante, a Rojo se lo mira de costado, a Di María le apuestan desgarros, a Romero se lo despidió sin pena ni nostalgia, y en Agüero creen unos pocos. La cuchilla sólo salva a Messi porque la renuncia que nunca efectivizó heló los huesos y porque de algo hay que agarrarse.

Lo que parece un clima de redes sociales es también lo que se habla en las cenas, en los grupos de WhatsApp y en los after hours de cervecerías artesanales, incluso con más crueldad. Y, sobre todo, es lo que se dice en algunos diarios, en radios, canales deportivos, con periodistas que en este tiempo pidieron sangre y hasta reclamaron por sus viáticos en peligro. Los periodistas que se mueren por jugar.

En tres décadas no hubo selección que llegara más desacreditada a un Mundial que la selección de las tres finales. La de Italia 90 estaba rota, pero conservaba la memoria emotiva de México 86. La de Estados Unidos 94 arrastraba el 5-0 de Colombia y la parada del repechaje, pero había recuperado a Diego Maradona. La de Francia 98 tenía un vínculo frío con los hinchas, pero estaba recién horneada. La de Corea-Japón 2002, administrada por la obsesión de Marcelo Bielsa, se había comido cruda las eliminatorias. La de Alemania 2006 era la toma del poder de los juveniles moldeados por José Pekerman.

La de Sudáfrica 2010 era la primera selección de la generación Messi y estaba irradiada por la energía maradoniana. La de Brasil 2014, con la pax sabelliana, jugaba acá a la vuelta y viajaba sobre patines.

Ni los creativos publicitarios esta vez lograron mover el amperímetro emocional. Hay que correr a la fallida publicidad de TyC Sports que duró unas horas con su homofobia a cuestas.

Nada de las demás. Ni una lágrima, ni la movilización del chauvinismo más primario, ni la enésima apelación a los campeones del 86, con Oscar Ruggeri como protagonista, logra conmover al pueblo futbolero. Como si no hubiera taquicardia posible con Rusia 2018, con esta selección.

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