lunes 24 de septiembre de 2018 - Edición Nº1073
ExtraData » ENTREVISTAS » 2 may 2018

"El pensamiento utópico que busca la felicidad como instancia máxima es horrible"

Desde hace 35 años, el artista venezolano Vasco Szinetar se dedica a fotografiar escritores y figuras de la cultura bajo ciertas condiciones: los retrata frente a espejos y se incluye él mismo en la escena, tal como se puede apreciar en una muestra que presenta por estos días en Buenos Aires, una selección de esos instantes fugaces que capturan la perplejidad o la chispa de autores como Mario Vargas Llosa, Gabriel Garcí­a Márquez, Marcel Marceau, Arthur Miller y Jorge Luis Borges.


Aquello que nació casi de manera fortuita cuando en 1982 decidió meterse en un baño junto al autor de "Ficciones" con el guiño de su compañera María Kodama, se convirtió en una marca de estilo que le permite a Sznetar ser asociado como el precursor de la selfie, en su caso con una técnica y un sesgo de autor que difiere de los autorretratos casuales que se toman hoy los usuarios de celulares y redes sociales en el mundo.

Nacido el 7 de diciembre de 1948, el fotógrafo es hijo de padre rumano y de madre venezolana. Estudió en la Escuela Superior de Cine en Polonia, entre 1970 y 1972, y en la London International Film School entre 1973 y 1976. Desde entonces, ha desplegado una importante producción ramificada en muestras en la publicación de varios libros, tanto de fotografía como de poesía.

Szinetar llegó a Buenos Aires para participar de un encuentro con fotógrafos locales y presentar tres muestras en simultáneo que sintetizan su producción: mientras la Biblioteca Ricardo Güiraldes aloja las series "Frente al espejo" y "Cheek to Cheek" -basada en la idea del "mejilla con mejilla" frente a la cámara, sin mediación del espejo y con un encuadre de los dos rostros-, el conjunto titulado "Descoloridos" se exhibe en la Biblioteca Casa de la Lectura.

"Frente al espejo" es acaso uno de los corpus de obra más impactantes del artista, no sólo por la audacia que significa trasladar el campo de acción a las reducidas dimensiones de un baño sino por el desparpajo con el que se implica en la escena compartiendo el primer plano con Emil Cioran, Jean Baudrillard, Rosa Montero, Roberto Bolaño, Gabriel García Márquez, Salman Rushdie, Gay Talese, Leila Guerrero, José Saramago, Tomás Eloy Martínez, Fernando Savater, Dizzy Gilliespie y Javier Cercas.

- ¿Cuál es la particularidad de un retrato ante el espejo?
- Vasco Szinetar: En todas partes hay un espejo y un baño. Voy mucho a hoteles porque ahí­ están los personajes, viajan y se quedan ahí y a mí se me aparece siempre como una instancia natural retratarlos ahí. Además los espejos tienen una carga de significado adicional: son parte de la mitologí­a, de los sí­mbolos fundamentales del hombre. Eso hace que el contexto del retrato tenga una riqueza y un significado adicional.
Yo participo también de la toma con una impronta personal importante. Soy parte del discurso, de ese proyecto de obra. Los demás me sirven para ir construyendo un discurso a partir de mí­ mismo, porque al final el gran personaje de todo esto soy yo.

- ¿Cuál es la reacción de los retratados cuando los convoca a tener una actitud lúdica frente al espejo?
- V.S: Es como una sesión de psicodrama: ni yo ni ellos sabemos nunca qué va a pasar. Cada uno reacciona de manera diferente de acuerdo a su cultura, su estado de ánimo, su desinhibición, sus represiones...
En 1989, durante la jura como presidente de Carlos Andrés Pérez de 1989 estaban en un costado Raúl Alfonsín y el presidente colombiano Belisario Betancur. Los convencí de que fueran conmigo al baño y entraron junto con la guardia presidencial que ambos tenían. Fue un momento desopilante, pero así es el ejercicio de la fotografía para alguien como yo que trabaja en la calle y no en un estudio.
Recuerdo que en esa misma ceremonia estaba el líder cubano Fidel Castro. Yo no había tenido posibilidad de hacer un retrato cercano con él, así que en un momento cuando vi que pasaba cerca le grité "Fidel", como si fuese su amigo. El se volteó y me miró. Dio la casualidad que en el torrente de personas, una luz lo iluminaba solo a él. La foto quedó extraordinaria, como si hubiera estado largo rato posando. Pero en definitiva este tipo de tomas dependen del azar del momento.

- ¿En qué medida el tipo de autorretrato que usted desarrolla tiene vasos comunicantes con las selfies que proliferan por las redes y los celulares?
- V.S: El selfie que circula en esos soportes es una cosa diferente: son fotografías de recuerdo. Yo lo que hago es un tipo de trabajo que tiene que ver con el autorretrato, con una investigación sobre mí. Colocar a una persona en la misma escena donde aparezco yo es una coartada para ir explorando la cartografía de mi rostro. Los selfies son fotografí­as de desecho que no responden a un proyecto de trabajo. Son apenas una moda.
La fotografía desde sus inicios es una forma de construcción que tiende a la idealización. La gente se retrata para no morir, para dejar constancia de que estuvo en el mundo. Pero las fotografías no reflejan la realidad sino que son una interpretación de ella. La selfie contemporánea es un evento social efímero que no está ligado a una continuidad. Es una foto que te tomas con un teléfono, generalmente no la guardas y se pierde en el torrente de las redes.
El autorretrato es parte de la historia del arte. La selfie también puede ser una reflexión autoral, pero depende de la intención artística del que la hace. Yo lo que hago es sistematizar una experiencia y convertirla en un discurso. Eso es lo inédito.

- Hoy se da un fenómeno paradójico: mientras se comparten millones de imágenes en todo el mundo a través de las redes, algunos analistas sostienen que la fotografía como soporte artístico ya dijo todo lo que tenía para decir ¿Piensa lo mismo?
- V.S: El tema es el ser humano en general y no la fotografía. Hay en las últimas décadas un clima de epílogo: se dice que son los últimos momentos de la fotografía, a su vez que la novela murió... hay como una necesidad de pensar que estamos ante un fin de ciclo. Sin embargo, creo que la fotografia en todas sus formas de transformación es eterna, así como es eterna la necesidad del ser humano de verse reflejado a sí mismo, de trascender y estar presente.
Este concepto del fin de época se encadena también con una idea idea utópica de la felicidad. La felicidad no existe. Pero los regímenes totalitarios han tenido a lo largo de la historia una gran aceptación porque prometen la felicidad. El pensamiento utópico que busca la felicidad como instancia máxima es horrible. Es la cuna de las tragedias humanas y de las frustraciones.

- La famosa toma a Jorge Luis Borges se transformó en uno de los pilares de su serie en torno al espejo ¿Cómo fue la antesala de esa foto y qué indicios lo llevaron a pensar que a partir de ahí había una línea de trabajo?
- V.S: Borges había ido a Caracas a ver una corrida de toros. Después de ahí fuimos a la casa del escritor Miguel Otero Silva. Lo estaba entrevistando Tomas Eloy Martínez junto con otros periodistas. María Kodama estaba afuera en el jardín. Yo le tomé unos retratos y luego me puse a conversar con ella y le conté el proyecto que tenía. Así fue como la convencí y lo llevamos a Borges al baño. Me pareció un tipo macanudo. Creo que hoy no me atrevería a hacer lo que hice entonces.
En ese momento me di cuenta de que podía ser una serie trascendente. Pensé: "Borges me está abriendo la puerta a un viaje para toda la vida". Y así fue porque esta serie se convirtió en una indagación sobre el tiempo que explora el deterioro, la vanidad, la muerte, el poder, el tema del doble... todo eso visto a través de mí, como un personaje que se repite y comienza siendo un muchacho joven y luego va envejeciendo.

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

VIDEOS