miércoles 25 de abril de 2018 - Edición Nº921
ExtraData » DEBATES » 10 abr 2018

"Soberanas de nuestro futuro"

Rezaba un tw muy atinado para explicar la trastienda del debate sobre el aborto, entre su legalización o la continuidad de la clandestinidad y cómo alguien niega el derecho de una mujer a controlar su vida. No es el aborto lo que se debate, es la libertad.


Por: (*) Araceli Ferreyra

Vivimos en un estado aconfesional solo en los papeles, porque en la vida real no somos autónomas respecto a dogmas religiosos y moralismos que durante miles de años socavaron nuestras libertades. El cuerpo femenino no puede ser dominado por una política dogmática que nunca pudo empatizar con las luchas y alegrías de la maternidad y la sexualidad femenina.

El aborto es el último delito con estigma de género que queda de una legislación de la época de las carretas. El ADN aún no había sido descubierto, por tanto su destrucción no era la base de la punibilidad, por eso se admitía el aborto eugenésico cuando se trataba de la violación de una mujer "idiota" tal el destrato que nos deparaban; se penaba la inconducta de la mujer que ocasionaba dudas sobre la paternidad y la línea sucesoria.

La legislación penal exigía a la mujer un decoro impoluto y establecía un estándar diferenciado y menos pecaminoso para juzgar la conducta del hombre. En el adulterio, aborto o violación, el bien jurídico penalmente tutelado era la castidad de la mujer y el honor del padre o esposo. Se penaba el adulterio de la mujer con mayor rigor que el del hombre, pues el artículo 118° del Código Penal (hoy derogado) prohibía mantener amante fija, pero el marido podía tener relaciones sexuales periódicas siempre que sea con mujeres distintas; mientras que una sola relación externa de la mujer casada la dejaba incursa en tal delito.

Hoy parece absurdo, pero si la mujer no estaba casada la violación podía subsanarse si la víctima daba su consentimiento y se casaba con su violador, contemplado bajo la figura del avenimiento por artículo 132° del C.P., recién derogado en el año 2012 luego de que Carla Figueroa fuera asesinada después de liberar con el casamiento a su violador y padre de su hijo.

En esas épocas no tan pretéritas, las mujeres éramos un capítulo que se legislaba junto a los menores y personas con capacidad reducida porque consideraban que no teníamos voluntad autónoma a la de padres y esposos. Mantener penalizado el aborto implica mantener una legislación basada en los prejuicios que padecieron nuestras abuelas para la generación de nuestras hijas y nietas, lo que no es viable ni conducente.

El avance logrado con la sanción de la Ley de Fertilización Asistida terminó derrotando a los agoreros del embrión, el que puede ser manipulado, pre diagnosticado en su viabilidad, criogenado o descartado sin que se cometa un asesinato. Con el mismo embrión ya dentro de nuestros vientres, si obstaculizamos su desarrollo pretenden hacer de nosotras asesinas, condenándonos a un infierno como el que atravesó Belén.

Esa diferencia de tratamiento es contradictoria y demuestra la necesidad de una nueva legislación acorde con la época de la hipertecnología y la vigencia del plexo normativo protectorio de los derechos humanos que, con carácter universal y permanente, protegen a la mujer y bregan por la paridad de géneros.

Con el nuevo Código Civil y Comercial quedaron sin sustento esas vetustas normas penales, que se pretende remozar con afirmaciones ahora basadas en tesis biologicista que hacen un fetichismo del ADN; las que también son anacrónicas pues la determinación científica de la incidencia de los cambios epigenéticos demostró que somos más que un cóctel de genes y que no son éstos los únicos que determinan de manera directa e irreversible lo que somos sino que el medio ambiente tiene gran influencia sobre nuestro destino.

No se le puede dar DNI al ADN ni el embrión es una persona con plenos derechos. Ciertamente, hay vida antes del embrión y aún luego de que el médico firma el certificado de muerte. En efecto, diagnosticada la muerte encefálica o un estado vegetativo persistente, la certificación médica y legal de muerte permite la donación de otro conjunto de órganos que siguen con vida sin que por ello pensemos que se saquean órganos de una persona viva.

La vida tiene distintas etapas evolutivas y el derecho tiene distinta forma de considerarlas, siendo incremental en la etapa gestacional. Las normas dadas a principios del siglo XX no pueden servir para moldear los principios vigentes ya adentrados en el siglo XXI. El derecho no es inmutable, al contrario, en su variabilidad están las condiciones de su vigencia y aplicabilidad.

Nenas-mamás a las que se niega el derecho al aborto no punible; mujeres que frente a un cáncer y el impacto de la quimioterapia son forzadas a optar entre su vida y la continuidad del embarazo; el aumento de las madres solteras; el 40% de los embarazos no deseados porque se dan sin planificación o en contextos de violencia, exponen la necesidad de terminar con los negocios de la clandestinidad para dar paso a un marco de legalidad que consagre la maternidad como un derecho y no más como una imposición.

Cuando gritamos NI UNA MENOS en memoria de las que ya no están también gritamos por las muertas por la clandestinidad y denunciamos que el aborto inseguro es una forma más de las tantas violencias que padecemos por la desigualdad patriarcal.

Las hogueras ya no pueden quemarnos porque nos organizamos y hemos decidido ser soberanas de nuestro propio futuro exigiendo ya la aprobación del aborto legal, seguro y gratuito.

(*) Diputada nacional por Peronismo para la Victoria-Corrientes.

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