miércoles 25 de abril de 2018 - Edición Nº921
ExtraData » ENTREVISTAS » 26 mar 2018

"Es la irrupción de la política percibida de manera personal"

Con "La danza de la araña" Laura Alcoba, escritora argentina radicada hace 30 años en Francia, pone punto final a la trilogía que comenzó en "La casa de los conejos".


Desde ahí construye con elementos de su propia biografía una trama ficcional hilvanada a lo largo de los años por la voz de una niña que narra su infancia durante la última dictadura militar y el exilio.

La trilogía, que se publicó primero en Francia en lengua francesa y luego en la Argentina por Edhasa, apareció sin ser planificada. Primero llegó la novela "La casa de los conejos" (2008), en la que Alcoba narraba la historia de una niña a principios de la dictadura, inspirada en su propia biografía cuando vivía en una casa donde se imprimía clandestinamente el diario Evita Montonera.

Al poco tiempo publicó "El azul de las abejas" (2015) donde contaba el exilio en Francia a partir de la correspondencia -marcada profundamente por la literatura- con su padre preso en la Argentina.

Y con "La danza de la araña" la autora sintió la necesidad de dar cierre a esta trama: interrumpió otra novela que estaba escribiendo y agregó el final que nunca pensó que escribiría pero que de algún modo siempre tuvo presente.

En esta última novela, traducida al español por Mirta Rosenberg y Gastón Navarro, Alcoba -profesora universitaria, editora y traductora- también incorpora las cartas que se enviaba con su padre mientras ella vivía en exilio con su madre, pero aquí transforma la mirada de la niña hacia la adolescente, y aborda el contrapunto entre el encierro y la liberación, y entre el desarraigo forzado y el arraigo deseado.

-En "El azul de las abejas" y en "La danza de la araña" hay una continuidad en la vida en Francia y la correspondencia entre el padre y la niña, ¿qué desafíos te supuso la escritura de este libro en relación al anterior?

- Laura Alcoba: En ese libro el padre terminaba en la cárcel y tuve la sensación, en cierto momento, de que el padre tenía que salir y hasta que no lo hiciera no se cerraría ese ciclo con la dictadura y el exilio, por lo que volví a leer la correspondencia de mi padre. Me zambullí en esas lecturas y por supuesto que no se trata de rendir cuentas ni de citar directamente, sino que para mí es una manera de rescatar algunos elementos que me parecían entrar en eco poético con lo que quería contar. Y en este caso fue la historia de la danza de la araña que está en una de las cartas de mi padre.

-¿Cómo fue volver a leer esas cartas?
- L.A.: Fue muy fuerte, como una forma de retorno al pasado. Me emocionó mucho volver a leerlas. Hablábamos de un tema durante uno o dos meses, como pasó con la historia de la araña que vivía en reducción en su jaula hasta la llegada de su dueño. Ese carácter premonitorio y mágico se vinculaba con lo que pronto mi padre iba a vivir: la liberación.

-La voz ya no es infantil, está más cercana a la adolescencia. Una escena grafica el ritual de pasaje: la niña que siempre estuvo vinculada a la política a partir de lo que los adultos decían, de pronto se convierte en una joven interpelada y emocionada cuando Francois Mitterrand gana las elecciones. ¿Cómo creés que aparece la política, la ideología en este libro?

-L.A.: Es la irrupción de la política percibida de manera personal esta vez, pero al mismo tiempo la elección de Mitterrand en Francia, para los franceses que estaban en edad, es un hecho recordado, como esos sucesos que marcan de manera profunda la memoria colectiva. Ese episodio tan francés, en este libro está contado con un eco argentino

-El territorio de la lengua está muy presente, es constitutivo de la experiencia de la protagonista, que todo el tiempo está queriendo hacer suyo el idioma francés. Acá incorporás como tercera lengua el alemán, ¿vos, como tu protagonista, viviste algo parecido en ese sentido?

-L.A.: Espero haber alcanzado ese nuevo territorio en la lengua francesa, que es plenamente mi lengua de escritura. Para mí fue una forma de conquista. Y en esta novela agrego el alemán como si fuera otro refugio para la narradora que a veces se esconde, se pone a salvo en ese nuevo otro idioma como se puso a salvo en el idioma francés en "El azul de las abejas". O sea, en reducción es algo que funciona del mismo modo: el idioma extranjero como protección.

-La correspondencia con tu padre te permitió volver sobre el pasado pero como un tiempo para novelar, ¿cómo se conjuga ficción y realidad en tu obra?

- L.A.: En este libro, como en los anteriores, tomo elementos reales y al mismo tiempo construyo algo. Corto, pego, tejo, como si a partir de un álbum de fotos de familia, una eligiese y añadiese algunos elementos gráficos e hiciera una forma de collage. Tomo una serie de elementos auténticos y los pongo en orden cuando tengo la impresión de que significan por fuera de mí.

Hay material real pero el objetivo no es autobiográfico. Trato de encontrar paralelos poéticos donde lo más importante es la narración y en este caso fue el fin del exilio y la liberación. Hay una serie de motivos que remiten a los libros anteriores y se van construyendo como una telaraña. Como si la realidad fuese la materia prima pero lo que me interesa es lo que viene a decir y cómo se inserta en la historia que quiero contar.

-¿Y qué te permitió correrte de lo testimonial?

- L.A.: Por supuesto que el testimonio es esencial, yo no lo descalifico en lo absoluto. Para mí cuando se trabaja una materia auténtica como se trabaja una ficción y con las preguntas y el criterio de la ficción me parece que se le ofrece algo abierto al lector. El hecho de que yo piense a partir de ciertos episodios en construir un personaje y una historia, le doy algo al lector en el que se puede proyectar. Pienso que el testimonio queda encerrado sobre la realidad y sobre sí mismo, mientras que la ficción te permite, al recibirla, entrar en ella y que el lector la haga suya.

- ¿Cómo cerrás esta trilogía a nivel personal y literario?

- L.A.: Cada libro lo sentí necesario en su momento. Creo que con este la narradora sale, por fin, del silencio y la oscuridad que atraviesa en "La casa de los conejos". Me faltaba la liberación, ese punto de luz hacia el cual corre el libro.

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias

VIDEOS