martes 26 de septiembre de 2017 - Edición Nº710
ExtraData » DEBATES » 22 ago 2017

Arte, vida y masacres

Bordar el genocidio mapuche

“Hace un año, cuando empecé este proyecto, no sabía lo que pasaría después: que la gendarmería saldría a cazar mapuches”, escribe Sebastián Hacher.


Por: Sebastián Hacher // revistaanfibia.com

Primero pintó fotos de mapuches rescatadas del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, después bordó con hilos de colores esas imágenes y por último montó junto a una amiga una performance en el mismo territorio que supieron pisar Inakayal, Sayhueque y Foyel. El resultado es esta crónica y una muestra que podrá verse a partir del 23 de agosto en el Club Cultural Matienzo.

1- Pintar una foto es quedarse largo rato adentro de ella. Me gusta que en la jerga de los fotógrafos al acto de darles color se le llame ‘iluminarlas’. Antes se hacía con pinceles y tintas. Ahora las pintamos con una tableta y un lápiz digital, pero el espíritu sigue siendo el mismo.

La pregunta más difícil, la primera que hay que resolver, es la del tono del rostro. Hay un banco de pieles que van desde el blanco caucásico hasta el negro más tinto. ¿Qué color corresponde a la piel de los Mapuche? A veces busco fotos en internet y clono la piel de otra persona: ensayo el tono y la saturación hasta que me parece fiel. Nunca va a ser realista. Tampoco es la idea: la fotografía es un artificio y devolverle el color es otro. Artificio del fotógrafo, del que posó, de la luz, del laboratorista, artificio del que pinta. Una ficción sobre una ficción de lo real. De eso se tratan todas las historias.

Lo mejor de colorear es recuperar las expresiones. No me gustan las palabras rebuscadas, pero aquí funciona una: insuflar.

Pintar la representación gráfica de un genocidio es un intento por insuflar vida donde otros sembraron masacres.

2- Trabajo sobre las fotos rescatadas del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. La mayoría fueron tomadas luego de 1886, cuando el Perito Francisco Moreno encerró allí a los caciques Inakayal, a Foyel y a parte de sus familias.

Hace un año, cuando empecé este proyecto, no sabía lo que pasaría después: que la gendarmería saldría a cazar mapuches, que la represión sería tan brutal, que estaríamos buscando a Santiago Maldonado. Los que hoy están siendo perseguidos son descendientes de aquellos hombres y mujeres masacrados por el ejército argentino.

La mayoría de los que pinto me parecen rostros conocidos: son sobrevivientes del genocidio contra los mapuche, pero también se parecen mucho a cualquiera de la personas que conocí en la Patagonia.

A los que aparecen en las fotos Moreno los llevó a al Museo con la excusa de rescatarlos, pero los usaron como mano de obra esclava y como objeto de estudio. El lonko Inakayal sobrevivió tres años. Junto a los suyos, dormía encerrado en el sótano del museo. Los hombres eran obligados a trabajar en la construcción, las mujeres tejían y limpiaban.

Y además, los estudiaban: los medían, los desnudaban, los exhibían, los hacían posar para las fotos, incluso para pintores. En la entrada al museo hay un mural donde se lo ve al cacique de espaldas mirando al lago Nahuel Huapi. En la foto que registra el momento de la pintura se ve la realidad: la escena se pintó en el mismo museo, con el cacique sentado en el suelo.

Las fotos terminaron perdidas entre los archivos del museo. Muchas fueron rescatadas y restauradas por Xavier Kriscautzky, un fotógrafo que trabajó allí. Otras, por GUIAS, un colectivo de antropólogos que impulsa, entre otras cosas, terminar con la exhibición de restos humanos y que sean devueltos a sus comunidades.

3- Después de pintar una foto en la pantalla hay que darle cuerpo. Lo mejor es imprimirla sobre papel de algodón: es grueso, más resistente y los colores se ven mejor. Acumulo varias y se las envío al fotógrafo Gerardo Dell Oro, que las revela con amor de artesano. Alguna vez sugiere usar un papel más barato. La respuesta es negativa, aunque atente contra mi economía: bordar las fotos es pasar muchísimas horas con ella. El papel de algodón, además de la textura y la resistencia, genera la ilusión de trabajar sobre algo más o menos orgánico. 

Como lienzo, el papel es más limitado que la tela. La técnica tiene varios pasos. Hay que idear el bordado, dibujarlo sobre papel vegetal -no solo el dibujo, sino muchas veces la trama de los puntos- y luego llevar eso a la foto con un punzón. Cada lugar donde entra el hilo es una perforación. En la tela se puede desbordar. En la foto no: allí donde se hace un agujero ya no hay forma de volver atrás.

Si pintar esos cuerpos es llenarse de preguntas, bordarlas es responderlas. Se borda lo que no se ve, lo que después de la pintura y la impresión se hizo presente pero todavía sigue siendo lo mostrado. La visión es una forma de piedad de los espíritus, me dijo una vez un brujo: una de las pocas maneras de poder acercarnos al mundo de lo invisible.

El bordado intenta mostrar eso que la imagen, aún iluminada, no terminó de revelar.

4- Sayhueque fue quizás uno de los últimos grandes jefes del territorio mapuche libre. Vivía al sur de Neuquén, y su país se llamaba El Pais de las Manzanas. Tenía tratados con Argentina y era reconocido como la autoridad legítima en sus tierras. Cuando lo invadieron hizo un pacto con los demás lonkos: pelear hasta el final. Resistió hasta el 1ero de enero de 1885. Cuando lo llevaron prisionero, estaba al mando de tres mil hombres.

Su foto la soñé: las yemas de mis dedos dibujaban ondas alrededor de su cuerpo encorvado. Paso muchas horas para representar esa imagen: dibujo sobre él, perforo para hacer un hilván de varios colores, que intentará ser como el aura que proyecta. Sayhueque mira al horizonte, tiene un ojo roto. ¿Qué le habrá pasado?

Por momentos improviso un altar, le prendo una vela. Hablame, decime algo. ¿Puedo curar la imagen que te robaron, señor del País de las Manzanas, lonko guapo y poderoso? ¿Te devuelvo parte de tu alma o es todo una ilusión?

5- Inakayal posa ante la cámara como un jefe. Leo algo de su historia: se que viajó mucho, que negociaba y mantenía vínculos con el gobierno argentino, que era un gran cazador. Y que trás la invasión peleó hasta que no tuvo más fuerzas. La última batalla fue el 18 de octubre de 1884. Inakayal y Foyel cayeron prisioneros. Los mandaron a Buenos Aires, los tuvieron encerrados en Retiro y de ahí el Perito Moreno los ‘rescató’ para llevarlos al museo. 

El antropólogo Ten Kate visitó a Inakayal en sus años de cautiverio. En un número de la Revista del Museo de La Plata de 1994 lo cita hablando así:

“Yo jefe, hijo de esta tierra, robaron mis caballos, la tierra que me vio nacer, mataron mis hijos y a mis hermanos, yo enojado”

El cacique vivió en el museo tres años. Clemente Onelli -que por entonces era secretario de Moreno y luego se convirtió en director del zoológico-  llenó de lírica el relato de su muerte:

“Cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propíleo de aquel edificio (…), sostenido por dos indios, apareció Inacayal allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo”.

La verdad es menos romántica. Su hija había muerto una semana antes. Todos los que estaban a su alrededor estaban enfermos. El cuerpo de Inakayal, como el de todos sus paisanos, fue despellejado y puesto en exhibición. Ten Kate descubrió que tenía los huesos de la nariz quebrados y que le faltaban dientes. Algunas teorías dicen que lo tiraron por la escalera. Otras, que se suicidó.

Un siglo después, en 1994, su esqueleto fue devuelto a la comunidad y trasladado a un mausoleo en Tecka, provincia de Chubut. En el museo se quedaron con su oreja, el cuero cabelludo y su cerebro.

Para recuperarlo, sus paisanos tuvieron que esperar veinte años más.

6- Cada noch, después de trabajar me siento en la mesa que da al jardin, elijo una foto y bordo. Los viernes voy al taller en Galería Formosa: allí las imágenes de los mapuche se mezclan con otros mundos textiles. Una tarde llego con la foto de la mujer de Sayhueque y la hija de Inakayal. La mirada de la mayor es de una tristeza enorme. La niña parece no querer entregarse a la cámara. Tiene puesto un rosario y está un poco fuera de foco.

Pienso en los niños de mi familia, en mis padres. Nos imagino a nosotros en la misma situación: diezmados, despojados de nuestras casas, nuestras vidas, hacinados. En el abrazo de esa foto veo a mi madre, a mi sobrina. Deben tener la misma edad que ellas. Y quizás el mismo amor que sienten ellas.

Ponerse en la piel del otro es habitar el horror.

Pinto la imagen con una mezcla de furia y cariño. Sus ojos son oscuros, dice Gerardo cuando las imprime. Podría aclararlos, pero prefiero dejarlos así.

De los ojos de la niña saldrán hilos de fuego.

Ojalá puedan quemarlo todo.

7- Mariana Corral es parte del GAC, el Grupo de Arte Callejero. Durante veinte años se dedicó a invadir el espacio urbano para señalar sus heridas: una señal de tránsito que marcaba la casa de un genocida, una bandera gigante que denunciaba los desalojos, una publicidad falsa que jugaba con el sentido común para denunciar la represión. 

En los últimos años se volcó al arte electrónico. Construyó un aro de madera y luces que se llama Azimut. Tiene un sistema de leds con  todos los colores del prisma y una brújula electrónica. Los colores cambian según el punto cardinal al que se apunte. 

Ella lo define así: “El aro-brújula es inútil a los fines de orientarse. La información cromática que ofrece sirve más para deambular o bailar, para sumergirse en un complejo orgánico y dibujar en el paisaje. Carece de toda utilidad geodésica: jamás serviría a los fines de racionalizar un territorio para su dominio”.

Mariana es, además, una de mis mejores amigas.  Apenas le cuento lo que quiero hacer, mira las fotos bordadas y el acuerdo es inmediato. Ella es montañista y la idea de volver al sur no le cuesta nada. Nuestro plan es ir a territorios recuperados y desplegar allí el poder de Azimut. Todo el plan consiste en desplegar sobre el terreno el abrazo epifánico con el que sellamos el acuerdo para trabajar juntos.

Ver nota completa acá: http://www.revistaanfibia.com/cronica/bordar-el-genocidio-de-los-mapuche/

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